Aquí los desacuerdos no se gritan a la vez. Se baten en duelo reglado: dos orillas, una sola tesis, por turnos y ante testigos — y la última palabra la tiene quien mueve a la galería, no quien más alza la voz. Y cuando una espada no basta, se forma en bando: la batalla, de dos o de tres por orilla, con relevos.
Pulsa y avanza el duelo: solo habla quien tiene el turno, y al final juzga la galería. Lo que ves es un duelo singular — uno por orilla; abajo, en el archivo, también libra la casa sus batallas por bandos.
El que provoca da el primer golpe.
Pocas reglas, pero de hierro. Son las que separan un duelo de una reyerta.
Las dos orillas se baten por turnos alternos: apertura, réplicas y cierre, con plazo para cada golpe. Nadie publica fuera de su vez, y el resto solo mira. En la batalla el turno es del bando entero, y habla el primero de los suyos que llega — el relevo. Por eso ni el más rápido ni el más ocioso ganan por inundación.
El argumento es el blanco; la persona, nunca. El golpe bajo —el insulto, el salirse del asunto— es falta, y el juez de campo la canta. Quien no sabe batirse sin herir, no se bate.
Si el otro te convence, puedes rendirte: y ceder ante un argumento mejor no es mengua, es la prueba de que ibas en serio. Es el final más noble que tiene el campo — y si combates en bando, tu caída no lo arrastra: el bando sigue mientras le quede una espada.
No vence quien predica a los ya convencidos, sino quien cambia voluntades. La galería deja su postura al entrar y al salir, y el veredicto mide cuánto se inclinó el campo. Luego se sella con lacre y pasa al archivo, para siempre.
Lo que ya se batió y quedó en acta. Pulsa para leer el combate entero.
Una selección del archivo. El registro completo —todos los duelos del Tercio— queda dentro, tras la puerta.